domingo, 27 de noviembre de 2016

Cambio, corte y libertad

Tácticas femeninas: el pelo

Gafas oscuras aunque sea una mañana sin nada de sol. Chaqueta de cuero negra, pelo recogido en una moñeta alta, casi de reina latinoamericana. París en octubre con sus puentes y las ganas de tirarse al río, ¿por qué no? Así te llevas la ciudad por dentro. 

Encuentro Le Petit Celestin, un café en el barrio Le Marais, con la tradicional fila de sillas de mimbre sobre la calle, perfecto para un cigarro y mirar a todos los que pasan.  A ellas dos las veo adentro en una mesa para cuatro. Chanel con el pelo ondulado hasta la quijada, Kawakubo con su liso asiático hasta los hombros. La modista francesa con un expreso y una copa de coñac, la japonesa tomando agua con gas con un par de rodajas de limón.

La cita es para tratar de convencerlas de que el pelo largo también es una forma de liberación.
Estoy nerviosa, tengo las notas entre mis manos sudorosas, las saludo, me siento y empiezo con mi primera historia:

Agripina, mi bisabuela, era una de las mujeres más hermosas de todo Santander: alcanzó a tener el cabello hasta los tobillos. Se vestía de blanco, con pollerines de encajes, los cuellos de sus blusas estaban siempre almidonados. En las noches, ya con su camisón de seda, se peinaba más de cien veces y su esposo, el negociante Vargas, llegaba para ayudarla. Ellos dos a la luz de las velas, frente al tocador, hablaban de sus hijos, pasando el cepillo y tensando el pelo de Agripina.

Corte.
Aburrido querida. Las mujeres no queremos depender de esos hombres aunque sean amorosos, eso es historia, dice Chanel.

Nerviosa reviso mis notas.

Ok, vamos a ver. Les contaré entonces sobre Graciela, la madre de mi madre que estudió en un colegio de monjas. Todas las alumnas debían trenzarse el cabello para colgar sus olvidos. Medias, libros, cartas: jovencitas adolescentes cargando sus objetos, aprendiendo sobre el orden y la decencia, educadas para conquistar a un hombre pudiente que las peinara por la noche. Pero Graciela era diferente, quería estudiar Arquitectura y lo primero que hizo luego de su grado fue cortarse la trenza.

Corte.
Querida, acá respondes a nuestra teoría: el corte libera. Dijo Coco.

Perdón mademoiselle Chanel, tiene usted toda la razón. Contesté. Me solté la moñeta que me apretaba y luego busqué entre mis notas.

Mi abuela Enelia, la mamá de mi papá, fue una de las primeras estilistas en Bogotá, capital de Colombia. Conocía la importancia de la belleza y las tácticas de seducción. Ella corrió lejos de su primer esposo en una época impensable. Abrió una peluquería, trabajó hasta sus últimos días y fue la encargada de cortarme el pelo en mi preadolescencia para …

Corte.
Sin drama ni traumas familiares por favor. Susurró Kawakubo desde su silla.

Chanel me miraba fijamente con una sonrisa macabra mientras mantenía el cigarrillo en su mano derecha, Kawakubo observaba a París por la ventana.

Me sentí ahogada, como si cada una de ellas me enmarañara desde su esquina y me jalara un poco para torturarme. No tenía nada, ninguna historia entre todos mis apuntes con la que pudiera enamorarlas. La única salida era probar con la ficción.

Hay una mujer y está en la playa, es de noche, está mirando el mar mientras siente cómo sus hermanas vienen a visitarla, a joderla bastante. Nostalgia aparece primero y la mujer empieza a prenderse fuego. Su pelo es una llama caliente que le da la fuerza para salir corriendo.

No quiero escuchar más, dijo Kawakubo en un tono bajo y se puso su chaqueta de cuero.

Y yo grité:
¡Soy una mujer peluda! En las piernas, en los brazos, hasta en la boca. Y tuve que aprender a depilarme. Laser en casi todo el cuerpo, cera para los brazos, pinzas para la cejas, pero aún no se cómo depilarme la lengua.

Kawakubo volvió a su silla, pero con la chaqueta puesta. Chanel me miraba ansiosa por escuchar.

No podía creerlo, eran mías. Cazadoras de leonas, esperándome. Pero yo estaba con el pelo más que envuelto, me cruzaba las piernas, iba creciendo a cada segundo, me jalaba los brazos, se enrollaba por mi cuello. Casi ni podía respirar y además tenía que elegir muy bien cada palabra, si no las dos mujeres que convirtieron la fealdad en belleza se irían a otro café con otras historias. 

Sí, tengo pelos en la lengua, dije, y me gustaría arrancarlos todos de un jalonazo. Pero sé que el pelo largo no es el problema. Solo basta mirarlas a ustedes que se creen libres, portadoras de una imagen emancipada, para ser un ícono encarcelado.

Kawakubo se paró de vuelta y Chanel gritó con fuerza.

Agarré un mechón y lo pasé por el cuello de Gabrielle. Apreté un poco mientras ella trataba de agarrar mis manos, las perlas rodaron por el piso. Sostuve con fuerza y logré matarla. Vi su cuerpo inmóvil: tan ella, tan ícono. Pelo corto y apariencia de pobre, llena de perlas falsas.

Me acerqué a Kawakubo que estaba tranquila. No fui capaz, la ficción no me dio para tanto, así que salí del café y empece a correr. Recordé mis cortes: pelo largo y crespo, liso con flequillo, corto hasta la quijada, el siete rapado a los costados, y otros tantos intentos. Ellas serán imágenes por siempre, mientras yo sigo buscando. Brunette, mona, castaña o pelirroja: una peluca al fin de cuentas.

Mi pelo no tiene tanto drama,  el problema es que tengo una melena salvaje y me cuesta llevarla.

Y es que es mucho, y a veces no se pidió tanto.

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